Los judíos de la antigüedad sentían pavor por un tipo de lepra que era común en tiempos bíblicos. Esa espantosa enfermedad podía atacar las terminaciones nerviosas de la persona, produciéndole daños permanentes y desfigurándola. Como no se conocía ninguna cura, se ponía en cuarentena a los enfermos, quienes tenían la obligación de alertar a otros de su enfermedad (Levítico 13:45, 46)*.
Los líderes religiosos judíos crearon reglas sobre la lepra que iban mucho más allá de lo que establecían las Escrituras, complicándoles innecesariamente la vida a los enfermos. Por ejemplo, las leyes rabínicas prohibían que cualquier persona se acercara a menos de 4 codos o unos 2 metros (6 pies) de un leproso. Y si soplaba el viento, prohibían acercarse a menos de 100 codos o unos 45 metros (150 pies). Algunos talmudistas interpretaban que el mandato de la ley de que los leprosos vivieran «fuera del campamento» significaba que no podían vivir dentro de ciudades amuralladas. De ahí que cierto rabí, cada vez que veía a un leproso dentro de una ciudad, le tirara piedras y le gritara: «Vete a tu lugar y no contamines a otros».
Jesús fue totalmente diferente. En vez de ahuyentar a los enfermos de lepra, los tocaba y hasta los curaba (Mateo 8:3).•





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