En el primer siglo, el divorcio era un tema muy debatido entre los maestros judíos. Por ello, en una ocasión unos fariseos pusieron a prueba a Jesús con esta pregunta: «¿Es lícito para un hombre divorciarse de su esposa por toda suerte de motivo?» (Mateo 19:3). La Ley mosaica permitía que un hombre se divorciara de su esposa si hallaba «algo indecente de parte de ella» (Deuteronomio 24:1). En la época de Jesús, había dos escuelas rabínicas que sostenían interpretaciones opuestas de esa ley. La escuela Samay, de corriente más esctricta, entendía que la única razón válida para el divorcio era la infidelidad, es decir, el adulterio. Por otra parte, la escuela de Hilel decía que un hombre estaba en todo su derecho si se divorciaba por cualquier disputa marital, por más insignificante que fuera. Según esta escuela, el hombre podía divorciarse si su mujer arruinaba la comida o si él hallaba otra mujer que le gustara más.
¿Qué les respondió Jesús a los fariseos? Sencillamente dijo: «Cualquiera que se divorcie de su esposa, a no ser por motivo de fornicación [o inmoralidad sexual], y se case con otra, comete adulterio» (Mateo 19:6, 9).•





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